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Uno llega, desapercibido, a Zirta

por Ed Greenwood (1967)


Traducción: Kushtar

He aquí que en todas las tierras de la bulliciosa Waterdeep y las brillantes olas del Mar de las Estrellas Caídas, ningún hombre era más amado (y temido) que el estoico espadachín Durnan, el viejo pícaro jactancioso Mirt, y el sabio, anciano mago, Elminster.

Es por ello que toda conversación en la Banshee al Desnudo llegó a un súbito, atónito silencio, cuando el resoplante hombre que bajaba dando bandazos las escaleras hacia la vacilante luz de la no muy bien iluminada sala comunal ladró sobre su hombro:

-¡Escríbelo tú mismo, amigo! ¡Mirt el Prestamista no es el lacayo de nadie!

Más de una cabeza se giró por casualidad para mirar al jadeante recién llegado de oscilante estómago, sobre sus maltratadas viejas botas de viaje (y más de una ceja se elevó cuando su propietario reprimió una mueca de desprecio). ¿Era éste el Viejo Lobo de Waterdeep? ¿El hombre que incluso el frío, escurridizo y siniestro elfo al que llamaban La Serpiente, temía cruzarse?

Mirt el Implacable, si en verdad era él, se levantó como la proa de un fatigado barco que se desliza a puerto (una vieja gabarra tenaz, por su apariencia) y echaba un vistazo a su alrededor.

Descubriendo una mesa vacía con un pequeño suspiro de satisfacción, se acercó a ella, y apenas se había aposentado con un gruñido de contento sobre un banco cuyo crujido de respuesta fue aún más sentido, cuando un calvo hombre de nariz ganchuda que estaba en la mesa contigua se giró.

-Esa -anunció con una callada amenaza-, es mi mesa, ¿sabes?. Me gusta que esté siempre libre, para tener un lugar donde poner mis jarras vacías. ¡Así que mueve tus mantecas, cabeza de cerdo!

Mirt no dio señal de haber oído al hombre, y con un nuevo gruñido de esfuerzo levantó uno de sus pies calzados con embarradas botas para posarlo sobre la mesa con gran estruendo.

-¡Eh, moza! –llamó-. ¡Tengo sed!

El hombre calvo parpadeó, observó al obeso humano que ahora estudiaba la puntera de su bota alzada con aire crítico, y gruñó:

-¡Estoy hablando contigo, panza porcina!

Mirt contempló sus uñas, dejó que su mirada vagase distraídamente en la dirección del hombre calvo, asintió con la cabeza en un afable saludo silencioso, y volvió su mirada de nuevo hacia el resto de bebedores de la habitación (muchos de los cuales se inclinaban hacia delante con sus ojos brillantes de anticipación).

Mirt les dedicó a todos aquella vaga, fácil sonrisa de saludo, y dijo:

-¡Eh! ¡Cerveza, por Tempus Stormhelm! ¡Un barrilete, al menos!

Con un creciente gruñido de furia el hombre calvo se levantó para alzarse ante el gordo mercader, revelando hombros tan anchos como una carreta pequeña, y brazos desnudos de abultados músculos cruzados por venas verdosas. Manos como palas se lanzaron hacia delante (mientras Mirt lo miraba con lo que parecía escaso interés) y se cerraron con fuerza cruel en la pierna del mercader, en la rodilla y el tobillo.

-¡Pareces duro de oído, saco de manteca!- escupió el dueño de tales manos, todo rudo humor desaparecido de sus ojos a pesar de las chanzas y risas que se alzaban a coro de los valientes que rodeaban la mesa en la que él había estado sentado-. Me pregunto si seguirá siendo así cuando te hagas amigo íntimo del dolor, ¡ahora mismo!.

Mirt parpadeó mirando al hombre, dejó que su vista bajase hasta la mano que sujetaba su rodilla y luego más allá, hasta la peluda garra que descansaba en su tobillo, volvió a alzar la cabeza hasta que su nariz casi rozó la de la furiosa cara que tenía ante él y eructó, larga y sonoramente, a la cara del hombre calvo.

Con un grito de rabia el hombre tiró con fuerza de la pierna del mercader, arrastrándolo por el aire hacia él con mesa y todo (gracias a la otra pierna de Mirt y sus brazos, que mantenían una firme sujeción sobre ella). Mientras la mesa crujía como protesta, el mercader incrustó un gordo puño con fuerza en la garganta de su nuevo enemigo, y la calva cabeza giró espasmódicamente con un enfermizo sonido gorgoteante.

Mirt plantó su otra mano en aquella cara y se liberó de un salto mientras el hombre se escurría hasta el suelo como un fardo vacío y la mesa se estrellaba sobre él.

El salto del Viejo Lobo terminó sobre la mesa contigua con un estrépito de jarras, arrojando bebida y hombres sudorosos (los compañeros de bebida del hombre calvo) en todas direcciones.

Con un rugido generalizado de asombradas o entusiastas palabrotas, y el brillo y sonido metálico de una docena de filos que salían de sus vainas, la sala comunal estalló. Mirt dio una patada fuerte a un hombre que seguía sentado en la mesa con una columna tras él, escuchó el cráneo del desafortunado golpearla, sonora y huecamente, y saltó en la otra dirección sobre un hombre al que arrastró al suelo, apuñalándolo frenéticamente con una daga de un pie de largo que había aparecido de alguna forma en su mano. Rodaron por el suelo, y después el hombre que quedó bajo el gordo mercader no se movió más.

Las espadas chocaron con las espadas, los hombres gritaron desafíos y expresaron intenciones de asentar viejas o inventadas disputas, y alguien arrojó una silla.

En las escaleras una veloz moza gritó y dejó caer el pellejo de vino que llevaba, sólo para ser recogido prontamente en pleno vuelo apenas a unas pulgadas de donde se hubiese desparramado en el duro suelo de tierra, por un largo y moreno brazo cuyo propietario dijo, desde algún lugar detrás de los tobillos de la camarera:

-Mi gratitud, muchacha. ¡Ahora vuelve a poner el grito en el cielo como una buena camarera, y hazme sitio!

Con los ojos como platos, y tan rápidamente como un halcón asustado, obedeció, dejando al hombre con el pellejo de vino para destaparlo y probar apreciativamente su contenido. Entonces hizo una mueca, volvió a tapar el pellejo y lo depositó de nuevo sobre las escaleras que tenía tras él.

En el tumulto de la batalla, con las sillas estrellándose por todas partes y las esquinas de las mesas siendo incrustadas en los estómagos de hombres que maldecían enérgicamente, nadie había oído su alegre parrafada; pero cuando el recién llegado levantó la mesa más cercana y la arrojó de un extremo a otro de la sala, para estrellarse como una ruina astillada contra una columna y los chillones cuerpos de una docena de hombres que peleaban junto a él, la noticia de esta segunda llegada se generalizó.

-¡Por la Dama de la Luna! -exclamó un hombre en medio del segundo silencio súbito que se formaba en la sala comunal aquella tarde, mientras los demás miraban, abrían la boca, y se quedaban helados.

De pie sobre el escalón más bajo con una pequeña, felina sonrisa, y mirando por toda la habitación con la promesa de la muerte clara y ansiosa en sus ojos, se hallaba un hombre que vestía calzones y botas de cuero, junto a un chaleco que dejaba su pecho y brazos desnudos. Un forastero, sin duda. Su piel estaba morena con el tono de la madera melosa, y los músculos que se adivinaban bajo ella lo hacían parecer un gran felino cazador mientras los contemplaba a todos, con sus anchos brazaletes dorados reflejando la luz de las velas en sus peludos antebrazos, sin molestarse en desenvainar ni la sólida espada ni el hacha de su cinto, mientras torcía sus labios en algo que era parte mueca de desprecio y parte sonrisa ansiosa.

-¡Deberías haber esperado hasta que acabase de tratar con las mozas el alquiler de nuestra habitación, Viejo Lobo! -dijo con tono de queja-. Me he privado de tantas cosas hasta ahora en nuestro viaje.

-¿Seis cuellos rotos y cuatro hombres abiertos desde el estómago hasta la garganta? -replicó Mirt adelantándose con la sangre de algún otro cubriendo sus manos-. ¿Eso es privarse? Vale, está bien. Sí, supongo que sí, para ti-. Frunció el ceño, y miró hacia atrás por encima de su hombro, animándose al instante.

-¡Bien, mira! -dijo, agitando su cabeza tan fuerte que hizo que su abundante mostacho bailase-. Te he guardado algunos, Durn. ¡La mayoría, de hecho, maldita sea!

-¡Durnan! -susurró un hombre, desde algún lugar al fondo de la sala-. ¡Durnan de Waterdeep!

-¡Durnan! -otro hombre se unió a la exclamación, su voz casi un sollozo de miedo.

-Bien, veo que así es -contestó Durnan a Mirt con deleite como si nadie hubiese pronunciado su nombre. Y aquellos largos, correosos brazos salieron disparados como flechas, agarraron otra gran mesa como si fuese la pluma del sombrero de una dama, y la arrojaron de nuevo al otro extremo de la habitación.

El crujido que anunció el fin de su corto vuelo fue casi apagado por los gritos y aterrorizados aullidos de los hombres que querían escapar, casi escalando unos por encima de otros en su revuelta precipitación por alcanzar la oscura y estrecha escalera de servicio de la esquina más alejada de la sala.

Durante un instante o dos, la habitación se vio inundada por un torrente de hombres gritando, y entonces quedó vacía y silenciosa de nuevo, excepto por un par de hombres que se reían en silencio.

-Bien, bien -comentó Durnan moviéndose como lo haría cualquier pantera-. ¡Parece que aún no eres capaz de hacer algo tan simple como pedir algo que echarse al gaznate sin comenzar una sangrienta reyerta!

-Mi reputación -replicó Mirt con mera dignidad, levantándose-, me precede.

Miró alrededor mientras un pensamiento repentino lo asaltaba: “Me pregunto si alguien habrá dejado su bebida sin que se haya derramado, ¿eh?”.

Durnan miró a las vigas del techo:

-Oh, dioses que nos contempláis -dijo fervientemente-, sería muy amable por vuestra parte, os lo garantizo, si...

-¡Hey! -barruntó Mirt con súbita alegría-. ¡Mira!

Tres formas estaban apiñadas junto a una mesa en la esquina más oscura de la sala, sin el beneficio de una vela o lámpara, y había jarras junto a ellas, y altas copas, y delgadas, elegantes manos que agarraban finos vasos...

-¡Eh! -rugió Mirt felizmente-. ¡Camareras, y todas para nosotros!

Tres cabezas con largas trenzas se giraron para mirarle, sus expresiones imposibles de discernir en la penumbra, pero la desafiante voz masculina que llegó de ellas era simplemente inconfundible en su tono:

-Yo no lo creo.

Los ojos de Mirt se estrecharon mientras avanzaba con cuidado.

-He escuchado vuestra lengua antes... ¿Quiénes sois?

La moza del medio (la de ojos del color del humo e increíble pecho adornado con un brillante tatuaje de un dragón que se perdía de vista en su afortunado viaje hacia abajo) pareció fundirse y temblar durante un instante, ante los ojos del Viejo Lobo... y cuando el temblor desapareció, Mirt estaba mirando a un flaco y viejo hombre de barba blanca con un maltratado sombrero puntiagudo y gastada túnica de viaje.

-La gente normalmente me llama Elminster -dijo agriamente el mago, por encima del borde de su jarra-, si es que se atreven a llamarme algo en absoluto.

Hizo un gesto con el vaso, como si brindase por los dos guerreros, y Durnan dejó que sus manos se alejasen de las dagas que llevaba ocultas en el interior de sus brazaletes, permitiéndose respirar de nuevo.

Mirt rió nerviosamente.

-¿Y las mozas? ¿Están con vos?

-Eso parece -ronroneó una de las mujeres que se apretaba contra el Viejo Mago del Valle de la Sombra, justo antes de que su excesivamente maquillado rostro girase y se volviese borroso, para convertirse en un ser de oscura belleza sonriente con largo pelo plateado que caía libremente alrededor de sus hombros como los tentáculos de un inquieto pulpo-. Pero, ¿por qué no compruebas si puedes liberarnos, valiente Prestamista?

-¡Storm! -soltó rudamente Mirt-. ¡Storm Silverhand!

Durnan miró a la moza que se agarraba al otro hombro de Elminster, y preguntó con ligereza,

-¿Y vos sois...?

El cambio fue un poco más lento, esta vez, y los ojos que le devolvieron la mirada eran un poco más solemnes, pero el pelo era igualmente plateado, y ondulando como si bailase en una brisa que no existía.

-La gente normalmente me llama Alustriel -dijo, acariciando a Elminster con su mirada-, cuando sus labios pueden moverse para llamarme algo en absoluto.

-¡Por los dioses de ahí arriba! -maldijo Mirt, mientras tres vasos se alzaban en su dirección-. ¿Qué estáis haciendo los tres aquí?

-Bueno, estábamos escuchando algunas conversaciones ciertamente interesantes -dijo seriamente Storm-, justo antes de tu, eh, valiente llegada. Un poco de esclavismo, algo de magia oscura, un complot o dos de regicidio; esta es una taberna bastante mejor que el resto para la clase de entretenimiento que buscamos.

Una sonrisa había estado jugando en las comisuras de la boca de Durnan durante un tiempo, y ahora se ensanchó mientras preguntaba suavemente,

-¿Si comparto el precio de ese vino, puedo compartir también un vaso o dos?

-Puedes -gruñó Elminster-. Nuestro trabajo aquí, en Zirta, ha concluido por ahora.

Mirt se estremeció, alzando una ceja con asombro.

-¿Ah, sí?

-Sí, así es. El Viejo Mago apuntó hacia el otro extremo de la sala comunal. Su largo dedo índice estaba señalando un cuerpo que yacía medio aplastado bajo los restos de una mesa.

-Mirad.

El extendido brazo del cadáver terminaba en una mano en la que brillaban las escamas. Dos de sus dedos terminaban en crueles garras ganchudas; la sangre que manaba por el suelo entre ellos era de un intenso color azul.

-Podéis pensar en esto -dijo enfáticamente Elminster, empujando una jarra sobre la mesa en dirección a Mirt-, la próxima vez que entréis pavoneándoos y soltando bravatas en una ciudad o taberna. ¿Cuánto mal, u osado heroísmo, o especulativo trato, puede ser hecho por una persona que llegue desapercibida a Zirta, hmm?

Storm se volvió borrosa, giró, y de nuevo se convirtió en una bailarina de taberna excesivamente maquillada, su generoso pecho cubierto únicamente por el brillante destello de las gemas falsas, y pendientes con forma de estrellas negras grandes como puños danzando junto a sus carnosos labios negros.

-¿O dos? -preguntó.

El remolino de Alustriel fue casi demasiado rápido como para ser visto, pero dejó su largo costado desnudo mostrando fantásticos tatuajes mientras permitía que su capa cayese para mostrar un cuerpo quizás demasiado fornido, con un rostro respondón claramente distinto, ojos que desafiaban (uno de ellos rodeado por un brillante aro pintado) y una cicatriz de espada frunciendo permanentemente labios y mejilla.

-¿O tres? –preguntó, con los ojos puestos en Mirt.

Mirt movió su cabeza como para despejarla, con lo que podía ser un estremecimiento, y (de alguna forma de mala gana) apartó la vista del trío para contemplar las garras de la mano muerta.

-¿Cuántos de estos creéis que hay andando por Zirta ahora mismo?

Elminster se encogió de hombros,

-¿Por qué no venís con nosotros y lo averiguáis?

Mirt miró a Durnan, que a su vez contempló al Viejo Mago mientras se encogía de hombros a su vez.

-¿Por qué no? -replicó el moreno espadachín, agarrando una jarra.

Estaba a medio camino de sus labios cuando un ligero sonido en las escaleras que había dejado a sus espaldas hizo que el guerrero se diese media vuelta, en tensión.

Una mujer se encontraba sola en las escaleras, una capa apretujada a su alrededor, ojos brillantes casi con alegría mirándolos a todos tras una amplia máscara. La mano de Durnan se acercó sigilosamente a la empuñadura de su espada.

-Eso no será necesario -dijo Elminster con voz grave, levantando un dedo. Mientras algún tipo de conjuro se dirigía danzarín hacia las escaleras en una nube que recorrió todos los rincones de la sala, añadió gentilmente,

-Sed bienvenida, Majestad.

-Bien, gracias, Viejo Mago -replicó la figura enmascarada, abriendo su capa y quitándose la máscara para dejar que sus doradas trenzas se desparramasen ante los barruntados juramentos de asombro de Mirt.

-¿Puedo presentaros a la reina Filfaeril de Cormyr? -comentó el mago, haciendo un exagerado gesto, mientras Mirt y Durnan miraban fijamente el Dragón Púrpura de amatistas que brillaba cosido primorosamente con hilo de oro.

-¡Los dioses me lleven! -aulló Mirt-. ¿Qué estáis haciendo vos aquí?

La Reina de Cormyr se encogió de hombros mientras cogía suavemente la jarra de entre los dedos de Mirt y la levantaba para echar un vistazo a su contenido.

-Parecía lo correcto -dijo con ligereza mientras giraba la jarra en su mano con aire crítico-. Si uno desea guía, o aviso por adelantado de las maquinaciones contra un trono, o conversación inteligente sobre los por qués o el mañana del mundo, bueno... uno viene, desapercibido, a Zirta...

Mirt sacudió su cabeza.

-Cuando era más joven -se quejó a los dioses que una vez más se habían negado a

llevárselo-, el mundo era mucho más sencillo.

Elminster suspiró.

-Me temo que esa es una sensación común -dijo al Viejo Lobo-. Parece que has perdido tu jarra. Toma, coge otra.


Beldrim Taruster trabajaba mucho, y duro, en el polvoriento patio del almacén, tambaleándose bajo el peso de sacos más pesados que él y toneles a los que ningún hombre debería pedírsele que levantase. Un desliz, y tendría dolor durante el resto de los días de su vida y ninguna moneda con la que llenarse el estómago, mientras se sentaba tristemente mirando a algún hombre más joven tambaleándose bajo los barriles.

Tales pensamientos oscuros cubrían sus hombros como una pesada capa, por lo que al final de cada fatigoso turno solía ir hasta la Banshee, bajar las oscuras escaleras hasta la acogedora luminosidad de la sala comunal, y de su vino especiado favorito.

Aquella perspectiva le atraía especialmente aquel día, y si la gente le dirigía extrañas miradas mientras caminaba penosamente hacia la puerta, bueno... estaba acostumbrado a eso.

En el descansillo Beldrim tosió, escupió, y lentamente aposentó sus pies en la parte alta de la oscura escalera. Los escalones estaban flojos y gastados, justo lo que necesitaban unos pies cansados para tropezar, y entonces él...

La magia cantó brevemente a su alrededor e incluso en su interior, y su paso flaqueó. Cosas raras ocurrían a los hombres que se aventuraban a cualquier contacto con la magia.

Sin embargo aún estaba vivo, y no sentía ningún dolor. Puede que simplemente fuese...

Beldrim dio otro paso, muy despacio. La luz a su alrededor cambió, y el silencio ensordecedor dio paso súbitamente a unas voces. Gente distraída (no mucha) hablando entre ella.

Se irguió, escuchando, y se quedó muy quieto, agarrado firmemente al pasamanos.

Sí, sí. Había escuchado bien.

Y cuando los grandes y poderosos ríen, en ocasiones los castillos se estremecen, y la muerte sale a reunir a mucha, mucha gente (demasiado rápida para huir de ella, además). Sería mucho mejor estar en cualquier otra parte, incluso más rápido, y empezando ahora mismo.

Silenciosamente, tan silenciosamente como sabía hacerlo, Beldrim Taruster se giró en el escalón y comenzó a subir de nuevo la escalera, su marcha tan desapercibida como su llegada.

A veces, en la vida, es mejor así.

Copyright © 2000

Ed Greenwood




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