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Una lágrima en la lluvia

por DM Guille

Imagen: Cattidrizzt's Wonderland
Revisión y formato:
Mina

Mi nombre es Derthag Dugorogk, y hace ya cinco meses que dejé mi hogar. Hace cinco meses que abandoné mis aposentos de hijo de sangre noble en la ciudad de Ched Nasad. Cinco meses durante los que he caminado bajo la luz del Sol como un ser de la superficie más, lejos de la angustiosa ciudad de la que provengo, emplazada en la Antípoda Oscura, el mundo de cavernas gigantescas, túneles interminables y mortíferos depredadores que se extiende subterráneamente, que penetra desde la superficie hasta miles de kilómetros en la tierra.

Mi nombre es Derthag Dugorogk y soy un elfo oscuro. En la lengua élfica soy un druchii, un drow, un primo oscuro de la Suboscuridad. Cada uno de los bandos culpa al otro de la Separación, el cisma entre los elfos. El hecho es que mi especie huyó de la superficie hace milenios, en guerra con los elfos de la superficie. Se asentaron en la Suboscuridad donde reconstruyeron una civilización que había quedado semidestruida. Las extrañas energías de la Suboscuridad hicieron mella en nuestros frágiles cuerpos y mutaron nuestro color de piel y cabellos, tornándolos púrpura y blancos.

Algunos dicen que las fluctuaciones mágicas también hirieron nuestras almas. Quizá. Llenos de un amargo odio hacia sus parientes de la superficie, los elfos oscuros comenzaron a levantar ciudades en grandes cuevas, a organizarse en sociedades y a adorar a los dioses que nos habían seguido en la Separación. El odio hacia los elfos que habitaban a la luz del Sol continuó creciendo, y lentamente se fue extendiendo a un odio a todas las cosas vivientes. La sociedad elfa oscura lentamente se convirtió en una grotesca caricatura de la antigua sociedad élfica. Ésta es la sociedad de la que he huido. Una sociedad donde la traición es vista como un arte siempre que no la reciba uno. Donde el asesinato es el método común para avanzar en la escala social. Donde cada uno se preocupa casi exclusivamente por sí mismo. Donde el odio visceral hacia cualquier otro, en especial los habitantes de la superficie, y en especial los elfos, es tan grande, que los jóvenes consideran un deporte realizar incursiones nocturnas a la superficie, matando y quemando pueblos enteros, torturando a los supervivientes.

No hay Sol en la Suboscuridad. Los días parecen todos monótonamente iguales. Nuestra visión infrarroja nos permite ver en una eterna semipenumbra, excepto las salas adornadas con antorchas o luces mágicas. Quizá es la falta de Sol, del amanecer y la esperanza que éste trae, la que ha hecho que los elfos oscuros perpetuemos nuestra sociedad del odio. La diosa-araña Lolth dice por medio de sus sacerdotisas que la traición y la intriga están bien vistas porque hacen de nosotros una especie mejorada, donde sólo sobreviven los más fuertes.

Me pregunto cómo puede alguien ser feliz en una sociedad donde he visto amistades de infancia e incluso amores romperse por el simple interés personal, el ansia de riqueza y poder. Cómo alguien puede ser feliz en una sociedad donde los locales más caros, donde acuden los ricos a obtener placer y divertirse, son templos del dolor, donde el cliente paga por torturar esclavos u otros elfos oscuros, o incluso ser torturado por maestros. El causar dolor se ha convertido en algo tan habitual en nuestra sociedad, que la tortura, física y psicológica, es vista como uno de los más bellos artes. Maestros torturadores son famosos incluso en ciudades elfas oscuras a cientos de kilómetros por sus habilidades con el látigo, el flagelo u otros artilugios para causar dolor.

Desde que era joven, nunca mostré el talante guerrero y sádico de la mayoría de elfos oscuros, varones y hembras. Mientras mis compañeros se entretenían viviseccionando esclavos goblins, yo prefería leer gruesos tomos que hablaban de otros sitios, otras ciudades o países. Al principio mis padres parecían contentos, pensando que mostraba aptitudes hacia la hechicería, un respetado camino en la sociedad drow. Sin embargo, al pasar los años mi maestro en la hechicería declaró que no estaba dotado con energías mágicas como para manejar sortilegios más allá de los básicos. Mi madre era una persona que casi nunca dejaba traslucir sus sentimientos. Era una persona fría y calculadora, excepto quizás cuando estaba acompañada de mi padre. Pero ese día me sorprendió el verla llena de una rabia inauditamente perceptible en ella. Me llevó hasta la mazmorra de nuestra mansión, junto a unas sacerdotisas de Lolth. Allí me hizo pedir perdón por todo el dinero que les había costado a ella y a mi padre, y por ser tan inútil como para no saber degollar con precisión a un miserable esclavo kobold. Entonces blandió su látigo y comenzó a golpearme. Dejó mi piel hecha tiras, ardiendo. Las sacerdotisas, malvadas expertas en el sufrimiento, le indicaron los puntos donde podía golpearme para causarme más dolor. Mi madre, con una rabia incontenible, fuera de sí, me daba latigazos mientras me gritaba insultos. Así estuvo durante tres horas. Cuando me mostraba demasiado herido como para continurar, y amenazaba con perder el conocimiento del dolor, alguna cruel sacerdotisa curaba mis heridas rezando a la diosa araña. Entonces mi madre reía y continuaba golpeándome. Al terminar la tortura, mi madre me levantó por la barbilla la cara y me miró. Entonces me dijo que al fin había servido para algo. Las sacerdotisas eran maestras de la tortura, que evaluaban la capacidad de mi madre para causar dolor, en vistas a que ingresase en la hermandad de Maestras del Látigo de mi ciudad. Me sentí herido salvajemente, utilizado, pisoteado y humillado terriblemente.

Al cabo de los meses las cosas parecían haber vuelto a la normalidad, y yo trabajaba como guardia para los soldados de mi casa noble. Entonces ocurrió. Desde siempre había podido observar entre mis padres una especie de amor, que los había llevado a unirse en matrimonio, a pesar de que mis abuelos se opusiesen. Mi madre y mi padre nunca habían discutido. Cuando mi padre y mi madre estaban juntos se podía percibir que se amaban, aunque fuese a la distorsionada manera drow, pero se amaban. Un amor que me daba esperanzas de que no todo en nuestra especie fuese maldad. Entonces mi madre fue asesinada brutalmente. Según supe tiempo después, había adquirido mucho poder e influencias en la hermandad de Maestras del Látigo y mi padre se había encolerizado al ser desplazado en importancia en la alta sociedad de Ched Nasad. Hallaron el cadáver descuartizado en su dormitorio. Su asesinato me mostró que el amor que había entre mis padres era como todos los amores elfos oscuros. Aparentemente verdaderos y bellos, pero realmente frágiles e inocuos. Yo supe que la asesina había sido mi hermana mayor, que había estudiado el uso de los diferentes venenos. Nadie hizo preguntas pero yo lo sabía. Todo había sido un plan urdido por ellos dos y mi hermano, en el que habían asesinado a mi madre. En mí se produjeron sentimientos contradictorios. Recordaba las pocas veces que mi madre había sido cariñosa y tierna conmigo, atesoraba esos recuerdos. En la cabeza tenía muy viva su imagen pegándome latigazos mientras reía. No comprendía qué la llevaba a actuar así. Por una parte me alegraba de que hubiese sido asesinada. Por otra parte consideraba a mi padre y a mis hermanos unos asesinos sin corazón, y me angustiaba el alegrarme en parte por su muerte, me sentía culpable.

Fue entonces cuando decidí huir. Había leído en un olvidado tomo acerca de que en la tierra de la superficie habitaba una poderosa especie que había sucedido a los elfos en el control de ésta: los humanos. Leí sobre ellos, sobre cómo se comportaban. Leí cómo sobre las llanuras, los campos verdes y las zonas rocosas se alzaban naciones enteras de estos seres, que cooperaban entre ellos para obtener un bien común. Me sentí maravillado, y a la vez no entendía por qué los elfos oscuros no hacíamos lo mismo. Hice mi ligero equipaje y huí montado en un lagarto gigante de las profundidades. No creo que nadie en mi familia me haya echado a faltar.

Mi viaje hasta la superficie fue duro. Mediante el uso de varias de mis habilidades mágicas conseguí deshacerme de los depredadores monstruosos que habitan las cavernas no civilizadas de la Suboscuridad. Estuve a punto de morir varias veces, luchando contra fríos reptiles, peludas fieras y bulbosas criaturas, que buscaban su alimento en las cavernas. Sin embargo, todas las veces luché con la fe en que llegaría a la superficie y me haría amigo de los humanos. Que viviría una vida feliz entre ellos. Que tendría verdaderos amigos, y que amaría de verdad a una mujer, no con el amor drow, sino con el sincero amor que notaba latía dentro mío, bullía por mis venas. Más que mi espada larga de calidad o mis conjuros asesinos, lo que me hizo vencer a los monstruosos cazadores animales de la Suboscuridad fue la imagen mental que me había creado de mi amada. La amaba con todo mi corazón, y era ella la que me daba fuerzas cuando mis músculos desfallecían en un combate. Cuando algún ser atacaba mi campamento de improviso, era ella la que me animaba a esquivar sus golpes y ataques, y contraatacar con una habilidad que nunca había poseido. Hablaba con ella, y ella me pedía que continuase hasta la superficie, que ella me esperaba allí. Yo sabía que esto era verdad. Es posible que no me estuviese esperando en el sentido de la palabra, es posible que no supiese aún de mi existencia. Pero yo sabía, sentía dentro de mí, que allí arriba estaba la mujer con la que quería compartir el resto de mi vida. Y era esto lo que me hacía conservarla.

Cuando al fin hallé una caverna que salía a la superficie, no cabía en mí mismo de gozo. Imprudentemente, salí a ser bañado por los rayos del astro rey. Estos rayos, al tocar mi cuerpo, lo quemaron. Me retiré a la cueva rápidamente, gritando de agonía. Pude comprobar cómo mi piel había sufrido quemaduras como si me hubiesen lanzado agua hirviendo encima. No había recordado las lecciones en la escuela de que la piel de los elfos oscuros había cambiado y no soportaba el contacto directo con los rayos del Sol. Sin embargo, más prudentemente, esperé en la cueva durante unos días y fui saliendo poco a poco en los atardeceres y amaneceres, cuando el Sol aún era débil, para que mi piel y mi vista de acostumbrasen a su presencia. Es difícil describir mi impresión de la Bóveda Eterna, como también llamamos los elfos oscuros a la superficie. Recuerdo que me mareé y caí al suelo ante la inmensidad titánica de tal bóveda. Acostumbrado desde niño a vivir en cavernas, no había conocido nada igual. Por supuesto, la caverna donde estaba situada Ched Nasad se alzaba a kilómetros de altura por encima de nuestras cabezas. Pero no era lo mismo. En la Bóveda Eterna puedes mirar hacia donde quieras y siempre ves el mismo color tranquilizador. No hay techo en esta caverna. No hay límites ni en el pensamiento ni en la acción.

Cazaba por la noche y me iba acostumbrando a la luz solar, hasta el día en que fuí capaz, bien tapado por mi piwafi, mi capa especial drow, de salir a plena luz del día a pasear por el bosque cercano a mi caverna. Un gozo inconmensurable me llenó. Al fin era libre. Nunca más desconfiar de mis compañeros y mi alrededor, nunca más víctima de torturas y dolor.

Había oido hablar a mi hermano en Ched Nasad acerca de un elfo oscuro renegado de otra ciudad, Menzoberranzan, que había llegado a la superficie y allí se había convertido en un héroe, y los humanos le consideraban un igual. Mi hermano me había señalado que cuando muriese, su alma viajaría a los Pozos de la Telaraña Demoníaca, donde la diosa-araña Lolth le atraparía y torturaría por siempre, hasta el fin de los tiempos, usando las almas de los elfos oscuros maestros torturadores. Mi hermano se rió sinceramente ante lo divertido que sería pasarse la eternidad torturando a un traidor como ése.

Su nombre era Drizzt Do´Urden. Yo quería ser como él. Quería convertirme en un diestro espadachín o un poderoso hechicero, a pesar de no tener aptitud para niguna de las dos cosas. Una vez en la superficie creía que todo era posible para mí. No me sentía esclavizado bajo el yugo de la sociedad drow. Quería luchar al lado de la Humanidad contra el Mal. Drizzt era un ídolo para mí. Me sentía en gran parte igual a él. Así que me puse en camino en busca de una población humana. Al cabo de unos días de marcha por el bosque y unos valles, divisé una. Iba a conocer por primera vez a los humanos. Me sentí como un cansado héroe retornando a casa después de una agotadora odisea. Sentí que mi hogar estaba aquí, en la superficie, entre los humanos, los elfos, los enanos, los gnomos y los halflings. Y por encima de todo y todos, mi amada me llamaba desde aquel pueblecito rural.

Es por mi amada por la que decidí abandonar mi hogar y mi familia. Es por mi amada por la que luché hasta la muerte y vencí contra decenas de monstruos durante mi camino por la Suboscuridad. Es por mi amada por la que llegué hasta la superficie y resistí los abrasadores rayos solares. Es por mi amada por la que entré en el pueblo humano, buscando el cobijo entre sus habitantes. Es por mi amada por la que mañana mi cuerpo colgará de la horca, exhausto de vida, mis ilusiones perdidas.

Al entrar al pueblo nadie me escuchó, nadie quiso saber de mi viaje hasta la superficie buscándoles. Ellos me miraron y vieron un elfo oscuro, una criatura sádica y violenta que usan los ancianos para sus cuentos de terror. Ellos me miraron y vieron cientos de aldeas ardiendo, mientras las bandas de guerra de elfos oscuros ríen ante la visión de los inocentes habitantes intentando huir de las llamas, y los rematan con sus armas si alguno consigue escapar. Ellos me miraron y vieron a todos los elfos oscuros, no a Derthag Dugorogk.

Mientras escribo esta última carta, en la mazmorra del cuartel de la guardia del pueblo, noto como las arenas del reloj caen silenciosamente. El reloj de mi vida se agota. Tanto soñé con el paraíso en la superficie que nunca me planteé el daño que mis congéneres habían hecho a la humanidad. No me planteé que los humanos no eran todo amor, y que en ellos también estaba plantada la semilla del odio hacia nosotros, los drow. El odio, si es compartido, no disminuye, sino que aumenta. El odiarse mutamente sólo aumenta este odio. Los humanos han empezado el mismo camino que los elfos oscuros ya llevan recorriendo más tiempo. El camino del odio. El odio engendra odio. Una espiral oscura que arrastra a la degradación y el Mal. De los humanos depende el futuro del mundo. Los humanos tienen el potencial necesario para ser como deseen. Cuanto más odien los humanos más se parecerán a nosotros, y el día en que elfos oscuros y humanos sean iguales, una noche eterna, como la que tenemos en Ched Nasad, se apoderará del mundo.

Mañana mi verdugo accionará la trampilla y mi cuerpo caerá. Tendré suerte si mi cuello se quiebra con el estirón, pues la muerte será rápida. Si por el contrario no lo hace, tendré que aguantar un asfixiamiento agónico. Sabiendo ahora el odio que los humanos me tienen, supongo que me ocurrirá el segundo caso. Todos mis sueños se verán incumplidos. Ya nunca tendré amigos de verdad. En nadie podré confiar. A nadie podré contar secretos. Ya nunca conoceré a mi amada, aunque sé que sigue ahí, en alguna parte. Encima de mi corazón noto el peso de la losa que es el saber que voy a morir sin nunca haber sido amado. Porque yo he amado. Mi amada ha recibido mi amor, a pesar de nunca haberla conocido. Pero lo más triste no es morir sin haber sido amado. Lo más triste es saber que mi muerte no será ningún ejemplo para entendimiento, para mostrar que no todos los drows somos malvados. Mi muerte será inútil. Mi muerte será una lágrima en medio de la lluvia. Cada gota de agua es la justa muerte de un drow malvado, mi lágrima es mi injusta muerte. Los humanos seguirán incapaces de distinguir ambas y ¿quién les puede culpar? Una gota y una lágrima son casi idénticas... ni yo tan siquiera podría observar la diferencia de no ser porque yo he llorado esta lágrima. Mi alma viajará después de muerta a los Pozos de la Telaraña Demoníaca, donde seré torturado por toda la eternidad. Y mi muerte no servirá de nada, éste es el peor castigo. Pido a los dioses humanos que se apiaden de mi alma.




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